Un día, Jesús contó una parábola a sus discípulos con el fin de resaltar la importancia de la fidelidad (Mateo 25:14-30). Hay varias lecciones y retos que podemos apreciar en esta breve historia como también en el contexto en que se desarrolla. Lo más relevante para nuestra reflexión es el énfasis que Jesús pone en la diligencia, la confianza, la responsabilidad, la fidelidad y la integridad, tal como se refleja en aquellos a quienes el maestro (Señor, Amo, Jefe) consideró “buenos administradores” o como dice en Lucas 16:10 – “El que es fiel en lo muy poco, es fiel también en lo mucho; y el que es injusto en lo muy poco, también es injusto en lo mucho.
En el libro de Los Hechos, capítulo 6, observamos un momento en el desarrollo de la iglesia primitiva. Aquí encontramos lo que podríamos llamar un “prototipo” en el desarrollo del liderazgo bíblico compartido (de equipo) tanto en la parte pastoral como en la parte administrativa (equipo de diáconos). Debe impresionar y llamar la atención de los pastores y líderes de nuestras iglesias y/o ministerios contemplar no sólo las características que consideraban fundamentales y esenciales para un administrador, sino también las características del trabajo a que estarían puestos como responsables. Debemos tener en cuenta la importancia que se le daba al carácter de estos hombres en el contexto de la labor que tendrían a su cargo: la de servir comida a las viudas. Hoy en día podemos observar diversos aspectos de ministerio moderno que muchos cristianos considerarían de “mayor relevancia”, “mayor prioridad” o “mayor importancia” que la administración de alimentos, en la cual se espera o se exige mucho, mucho menos en cuanto al carácter de quienes la realizan.
En este caso, la asamblea se puso a trabajar y juntos identificaron a siete hombres conocidos por ser dignos de confianza, entendidos y llenos del Espíritu Santo. Luego los presentaron a los líderes de la iglesia, quienes los reconocieron públicamente y les encomendaron la responsabilidad y la administración de este ministerio (Hechos 6:5-7).
Recordemos que el hermano Felipe fue uno de estos siete. Fue fiel y diligente en su servicio a las viudas y posteriormente fue usado por Dios para impactar a Etiopía con el mensaje del Evangelio, cuando Dios le encomendó la tarea de explicar claramente el significado de las Escrituras al alto funcionario, el tesorero de la reina de Etiopía (Hechos 8:26-40).
Hay mucho que considerar con respecto a los dos textos mencionados (Mateo 25 y Hechos 6); sin embargo, nuestro objetivo aquí es reflexionar sobre la importancia de las cualidades ya mencionadas en relación con lo que se conoce como “La Gran Comisión”: SER discípulo de Jesús y tomar la iniciativa deliberada de salir con un propósito definido para HACER discípulos de otros.
Para quienes sirven en el ministerio pastoral, en la obra misionera o en la formación de misioneros, los temas relacionados con esta reflexión son numerosos y tendrán un profundo impacto durante muchos años y de muchas maneras en lo que respecta a su participación personal y congregacional en la obra misionera.
Lamentablemente, encontramos nacidos-de-nuevo en nuestras congregaciones que poseen las cualidades y habilidades para diversos servicios, incluyendo para la obra misionera transcultural, son activos, trabajadores y serviciales; sin embargo, ya sea por las tradiciones religiosas de la iglesia, por falta de visión, propósito y dirección de la congregación y/o de su liderazgo, entre otros factores, nunca se les anima, ayuda ni inspira a desarrollar sus dones, y mucho menos se considera enviarlos y apoyarlos para multiplicar el discipulado entre los no alcanzados. Este es un problema grave ante Dios, y en algunas congregaciones el tema ni siquiera se toma en cuenta.
Por otro lado, encontramos otra dinámica diferente, pero relacionada con la del párrafo anterior, que lamentablemente ha terminado perjudicando muchas vidas valiosas y esfuerzos de evangelización. Debido a la gran necesidad de más obreros en algunos ministerios y en el campo misionero transcultural, en lugar de considerar y enfocarse cuidadosamente en las cualidades de carácter ya revisadas en la primera parte de esta REFLEXIÓN, los candidatos para el servicio o la capacitación son “calificados” según un conjunto de estándares muy diferentes a los que se destacan en nuestro “manual de vida”, la Biblia.
Hoy en día es común encontrar puestos ministeriales ocupados por personas que han cumplido ciertos requisitos académicos, teológicos y cursos de estudio entre otras expectativas. Todo esto puede ser maravilloso y complementario para y en la vida de una persona de carácter probado, íntegro, alguien digno de confianza, entendido y lleno del Espíritu Santo, pero ni siquiera los mayores logros del hombre pueden reemplazar la importancia fundamental de su carácter.
Ciertamente hay numerosas aptitudes necesarias para las tareas específicas de las que una persona será responsable en el ministerio. Ahora bien, en el sistema del mundo, esto se ve desde una perspectiva, pero en la representación de los propósitos globales de Dios, debe verse de manera diferente. Por ejemplo, la mayoría de los cristianos sensatos preferirían tener un cirujano que sea sumamente profesional, con un historial impecable y de mucha experiencia, aunque lleve una vida totalmente inmoral, que no hable decentemente sino de manera grosera antes que un cirujano cristiano muy amable, honesto y moral, ¡pero con un largo historial de pacientes que no sobrevivieron a su actuación como cirujano!
No obstante, cuando se trata de representar los intereses de Dios, siempre los encontraremos conectados con cualidades relacionales. Estas nos llevan inevitablemente a considerar QUIÉN es la persona, tanto en términos de lo que es capaz de HACER, como, sobre todo, en QUIÉN ES, su CARÁCTER. ¡Y el carácter ocupa el primer lugar en la lista!
En muchas ocupaciones ministeriales y en el trabajo misionero transcultural en particular, hay dos componentes importantes:
1) Las cualidades mencionadas anteriormente en relación con el carácter del siervo de Dios, y
2) Las habilidades técnicas necesarias para llevar a cabo la tarea ministerial en la que pretenden servir (una persona que no tiene la aptitud para cuidar y orientar pacientemente a los demás, no será un buen pastor. Una persona que no tiene la aptitud para aprender otros idiomas no debería ser asignada a trabajos lingüísticos, traducción bíblica, etc.).
La iglesia no está enviando a algunos que deberían ser enviados y, al mismo tiempo, está enviando a otros que no son adecuados. ¡Hay algunos que han sido enviados a enseñar, pastorear, evangelizar y discipular en otros países, culturas e idiomas, a pesar de que nunca han enseñado, evangelizado, discipulado o servido fielmente en su propia congregación o en los ministerios de su iglesia local!
En el resto de esta REFLEXIÓN, consideremos brevemente el envío de Pablo y Bernabé, y la iglesia local de la que fueron comisionados.
Lo siguiente proviene del manual de enseñanza EDIFIQUEMOS SOBRE CIMIENTOS FIRMES–ETAPAS 2 y 3, página 201 (Lección 6 de la ETAPA 3):

Esperamos que la reflexión de hoy haya sido de ánimo y ayuda práctica para cada uno de ustedes, nuestros queridos y estimados amigos y hermanos. Damos gracias a Dios por sus vidas, por su compromiso, perseverancia, dedicación y servicio, invirtiendo en las vidas y el destino eterno de otros en diversos lugares y contextos.
Los apreciamos mucho. Que Dios los bendiga.
Sus consiervos,
Rick y Eunice
