REFLEXIÓN #8 de esta serie: La necesidad de la “desenseñanza” en relación con el bautismo y la Cena del Señor

En nuestra REFLEXIÓN más reciente, concluimos nuestra revisión de perspectivas clave sobre la identidad del creyente y el testimonio que representa el acto del bautismo. Hoy pasamos al segundo tema de esta serie: la Cena del Señor.

Nuestra oración por cada lector es que esta y las próximas REFLEXIONES sobre la Cena del Señor aporten una visión, un propósito, una vida y un sentido renovados, y que al mismo tiempo, despierten en cada uno de nosotros una nueva y profunda gratitud hacia Dios por todo lo que Él es y todo lo que ha hecho.

Muchos experimentarán una renovación de mente, alma y espíritu al reunirnos alrededor de la mesa como cuerpo de Cristo, centrados en Él, a Su manera, para compartir, dar gracias, alabar y hacer todo esto y más ¡EN MEMORIA DE ÉL! ¡Ánimo! ¡Que Dios te bendiga hoy!


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(Tomado de Edifiquemos Sobre Cimientos Firmes –ETAPAS 2 y 3, páginas 44-45)


#2 – La Cena del Señor
El significado de la Cena del Señor

El segundo tema que sirve como ejemplo de los distintivos religiosos que han golpeado y ofendido la intención funcional de Cristo en y para Su iglesia se relaciona con la gratitud compartida al recordar lo que hizo Dios para traernos la salvación – la Cena del Señor.

Desde el principio, en nuestras congregaciones, hemos tratado de enfocarnos en el propósito, o sea, la función y el objetivo del Señor para lo que llamamos la Cena del Señor. Un tiempo de convivencia, pensando con alegría en lo que nuestro Dios ha hecho por nosotros, dándole las gracias por Su ofrenda a favor de nosotros. El pan que es un recordatorio simbólico del sacrificio de Su cuerpo, y el jugo que nos recuerda Su sangre derramada por nosotros. Así debe ser, hermanos, cada vez que se celebra la Cena del Señor, debe ser una celebración de agradecimiento.

Hemos observado cómo las tradiciones religiosas han corrompido el significado, propósito y enfoque de la Cena. Aun en algunas iglesias cristianas donde hay una buena orientación bíblica, algunos no han podido escapar de las telarañas de lo misterioso, de lo rígido, de lo seco y de las formas religiosas muertas.

Para los discípulos de la iglesia primitiva, la Cena del Señor implicaba la participación familiar, comida, convivencia, “fiesta de amor fraternal”, ánimo y alegría. El concepto de reunirse como iglesia en el que algún hombre “religioso” organizara unos pedacitos de pan, que no serían suficientes ni para que comiera un pajarillo, y unas cuantas gotas de jugo, para “celebrar la Cena del Señor”, era desconocido. Una supuesta “celebración” en la que todos se quedaran callados, serios, rígidos, secos y esperando a que el “hombre de Dios” (un padrecito o pastor) pronunciara unas palabras espirituales apropiadas, para luego echar a cada quien su galletita en la boca, habría sido absurda y una burla. Sin embargo, hoy en día, esta es la situación de muchas iglesias, dicen “celebrar la Cena del Señor” que ni es celebración, ni es cena.

¿De dónde salieron esas formas que han drenado tanto el gozo, el propósito y hasta la idea de lo que es la Cena, el compartir y la fiesta que una vez celebraban las iglesias? En primer lugar, sería bueno mencionar que para los judíos, la Pascua sigue siendo una fiesta de celebración, recordando la liberación de su pueblo de la esclavitud en Egipto.

Esta historia es fundamental para nosotros también, ya que el ministerio de Jesús trajo un nuevo significado a la Pascua. Jesús se entregó como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el Cordero perfecto de la Pascua (Mateo 26, Lucas 22).