REFLEXIÓN #9 de esta serie: La necesidad de la “desenseñanza” en relación con el bautismo y la Cena del Señor

¡Que Dios te bendiga hoy mientras profundizamos juntos en algunas perspectivas históricas importantes extraídas de la Pascua en Egipto, ocurrida unos 1500 años antes de que Jesús apareciera en escena como “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.

Esto nos brindará perspectivas fundamentales sobre el diseño de Dios y Su propósito de ser “el punto céntrico” en todas las cosas, incluido, aunque no limitado a aquello que el Pueblo de Dios debe celebrar con gran gratitud y alabanza: la Cena del Señor.

Confiamos en que se sentirán animados, renovados e inspirados al continuar reflexionando sobre las diversas facetas y perspectivas relacionadas con este acto, así como sobre un propósito importantísimo de no permitirnos jamás alejarnos de recordar, de manera activa, diaria y viva, lo que Jesucristo ha hecho a nuestro favor.

En el momento en que nos desviamos de este punto central — una vida vivida con gratitud ante Dios con un corazón humilde, la cancerosa religiosidad intentará intervenir para eliminar la buena FUNCIÓN que Dios nos dejó para este acto, dejándonos solo con FORMAS muertas — apariencias de piedad, pero negando el poder de la misma.

¡¡¡Bendiciones para ustedes hoy!!!

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(Tomado de Edifiquemos Sobre Cimientos Firmes — ETAPAS 2 y 3, páginas 45-47)

La Pascua y la Cena del Señor

En la enseñanza de la Etapa 1 de Edifiquemos Sobre Cimientos Firmes, la historia de la Pascua detallada en Éxodo capítulo 12. El juicio de Dios pasaría sobre Egipto dictando sentencia contra sus dioses. Pero, Dios proveería Su salvación al pueblo de Israel por medio del sacrificio de un inocente. La sangre del cordero aplicada por fe en los marcos de las puertas, sería la señal de que estaban confiando en el Libertador. Dios les dijo que, al ver la sangre, el juicio pasaría de largo.

¡Sin duda sus alumnos se acordarán de esta destacada historia! Entre varios puntos enfatizados, se enseñó que con la Pascua, Dios estaba estableciendo un fundamento eterno. Dios les dijo a los israelitas que deberían seguir recordando ese día con una gran fiesta en honor del Señor. Les dijo que deberían celebrarlo como una ley permanente y eterna. El relato en Éxodo 12 se refería no solo a esa Pascua en Egipto que cubrió o protegió al pueblo de Israel con la misericordia de Dios. También estaba refiriéndose a la Pascua venidera del Cordero Perfecto que quitaría el pecado del mundo con Su liberación eterna.

Ahora, adelantamos la historia al Nuevo Testamento, aproximadamente 1.500 años después, a aquella noche culminante, cuando Jesús entró en Jerusalén para compartir una última cena de Pascua con Sus discípulos. Allí estaba Jesús, colocando las últimas piezas del gran cuadro de la historia redentora. Así mismo, Jesús estaba preparando a Sus discípulos para lo que pronto surgiría con el nacimiento de la iglesia. Tiempo después, los discípulos recordarían todo lo que había pasado, las palabras de Jesús, y celebrarían en la Cena el significado y los propósitos de las Escrituras cumplidas en Jesucristo.

En ese momento los discípulos todavía no entendían todo con claridad. Sin embargo, en unas cuantas horas serían testigos de la culminación de la Pascua eterna. Entenderían a lo que apuntaba el significado de las Escrituras tal como Jesús se lo había explicado a Nicodemo (Juan 3:14-15). Esta Pascua sería diferente. Esta Pascua sería la Pascua de la transformación. Aunque los discípulos estaban todavía mirando hacia atrás a la Pascua histórica pasada, Jesús estaba profundamente conmovido, mirando hacia la nueva Pascua, la cruz y, hacia la culminación de la historia de la salvación. Jesús era el Cordero Pascual eterno. La Pascua era Él mismo.

Sus palabras resuenan por los pasillos de la historia. Los discípulos estaban sentados a la mesa con Jesús. Él se quedó mirándolos a los ojos. Había llegado la hora. Jesús les dijo: “¡Cuánto he querido celebrar con ustedes esta cena de Pascua antes de mi muerte!” (Lucas 22:14-15). Luego, mientras comían, Jesús tomó en Sus manos el pan y una copa. Les habló sobre lo que pronto le sucedería, del nuevo pacto, y luego les dijo: “Hagan esto en memoria de mí”.

Sigue la historia que conocemos y que ustedes enseñaron a sus alumnos – la crucifixión de Jesús, Su muerte y sepultura, Su resurrección y luego Su ascensión. Pronto llegaremos a la enseñanza del libro de los Hechos donde veremos la dinámica de los nacidos-de-nuevo y cómo siguieron reuniéndose a la “mesa de gratitud” comiendo juntos, dando gracias a Dios, y celebrando lo que llamamos la Cena del Señor.

No hay ningún texto bíblico que nos indique con qué frecuencia debemos participar de la Cena. Al parecer, la iglesia primitiva era impulsada a participar de manera habitual por iniciativa propia, por un deseo y espíritu de gratitud. En el libro de los Hechos los discípulos seguían reuniéndose, y seguían firmes en la enseñanza de las Escrituras, orando juntos, compartiendo juntos y comiendo juntos. Aparentemente la gratitud de la iglesia primitiva la impulsaba a celebrar la “Cena del Señor” de manera regular.